Materiales Curso de ética

Frans de Waal

DEWAAL2006PRIMATESYFILOSOFOS, solo para lectura en el curso

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Frans de Waal: Moral behavior in animals

La imagen autopoiética de la condición humana

La imagen autopoiética de la condición humana

JORGE  ENRIQUE LINARES

Facultad de Filosofía y Letras, UNAM

 

A la memoria de Oralia

Preludio

Desde hace mucho tiempo, los seres humanos soñaron con poder fabricar autómatas que se asemejaran a los organismos vivos hasta que pudieran confundirse o fundirse con ellos, y llegaran a desarrollar un comportamiento inteligente análogo al suyo.[1] Esta es la idea fantástica que pugna por la realización de organismos cibernéticos o cyborgs, artefactos que podrían pasar finalmente la prueba de Turing.[2] En Blade Runner de Ridley Scott (1982),[3] filme de culto de la ciencia ficción, los replicantes Nexus 6 (androides fabricados con material orgánico sintético) han sido diseñados para realizar trabajos penosos en las colonias fuera de la Tierra. Algunos han escapado en una rebelión y han llegado a California para mezclarse entre los humanos. Su objetivo es buscar a su diseñador para conminarlo a que arregle su principal restricción técnica: no sobreviven más de cuatro o cinco años. Dotados de autoconciencia, gracias a un cerebro artificial muy avanzado, han logrado experimentar emociones propias y a algunos se les han implantado recuerdos artificiales[4]; pero conscientes de su corta existencia, viven atormentados por la angustia de la finitud y por eso se afanan en encontrar el remedio técnico para extender la duración de sus vidas. Los replicantes han cobrado conciencia de su mortalidad bioartificial, saben que pronto van a morir y que quizá no haya poder tecnológico que los salve. Esta perseverancia en la vida los asimila finalmente a la humanidad que los creó, en una época en que los humanos están paradójicamente cada vez más desvitalizados, deprimidos y confundidos.[5]

El “espejo enterrado”[6] de la identidad

 La especie humana ha destacado por su gran capacidad migratoria para lograr sobrevivir incluso en los ambientes más inhóspitos del planeta. A lo largo de esta fantástica odisea también ha migrado de su estado natural para convertirse a sí misma en un híbrido bio-cultural (bio-artificial), para forjar un ethos y un status distinto al resto de los seres vivos.

Este éxodo de nuestra especie, iniciado hace miles de años, ha constituido también un extraordinario viaje en búsqueda de su propia identidad. A lo largo de esa travesía, los humanos han querido confeccionarse una identidad estable para acabar de reconocerse a sí mismos y para consolidar un saber definitivo de su propio ser. Dicha identidad han pretendido fijarla tatuándosela en la piel, o bien construyendo muy diversos artefactos (que son ahora vestigios de su paso por la Tierra), o bien expresándola en una serie de símbolos y relatos que se han materializado en distintos tipos de inscripciones. Pero este esfuerzo ha resultado, en gran medida, infructuoso y paradójico, como veremos.

No menos paradójica puede llegar a ser la imagen autopoiética de la humanidad que predomina en nuestros tiempos como estética del poder tecnocientífico, pues se fundamenta en una verdadera voluntad de hybris que desea traspasar todo los límites que la naturaleza nos había impuesto, para poder saltar así hacia un estado posnatural y plenamente artificial de la condición humana.

Y es que en los últimos años ha cobrado fuerza la idea de que ese tatuaje identitario está hecho de signos genéticos, que está cifrado, pues, en las moléculas de la vida. Pero mientras más se avanza en el estudio del genoma y se intenta recombinar la genética de los seres vivos, más nos perdemos en el abismo de un código que encierra el misterio de nuestro origen remoto. Quizá sea el genoma humano ese “espejo enterrado” que nos niega una imagen definitiva y que, a la vez, guarda celosamente el enigma de nuestra pertenencia a la evolución de la vida.

De este modo, desde la reciente revolución biotecnológica, el ser humano ha escudriñado su genoma y ha intentado adivinar su suerte futura, como antes lo hacía hurgando en las entrañas de animales que destazaba, o mirando hacia el cielo para tratar de interpretar los mensajes de la danza de los planetas. El desciframiento del código genético de nuestra especie (y de otras especies) ha tenido dos consecuencias principales: por un lado, nos ha revelado nuestro profundo vínculo con los demás seres vivos, ha reafirmado nuestra pertenencia a la comunidad biótica de la Tierra; pero, por otro, nos ha oscurecido también nuestro destino: lo que podemos observar es una configuración abierta, polimórfica, pero ambigua.[7] Este descubrimiento asombroso no ha podido descifrarnos nuestra identidad, pero nos ha reflejado la imagen de un poder tecnológico sin precedentes, capaz de transfigurar la estructura genética de todas las especies. Y ciertamente, en la medida en que mayor conocimiento adquirimos de esa estructura genética, mayor es la confianza en nuestro poder tecnológico para transformarla, pero no necesariamente para comprenderla a cabalidad.

Nuestra naturaleza se ha revelado como una intrincada red de conexiones entre el ambiente y la cultura material-simbólica, una doble hélice imbricada entre el tiempo biológico y el tiempo histórico, y una interrelación compleja entre los individuos humanos y su especie, que nos impide pensar nuestra identidad a partir de una nueva concepción estática. Así pues, con la revolución operada en las ciencias de la vida, descubrimos, con asombro y azoro, una base genético-biológica de extraordinaria plasticidad que se manifiesta en la variabilidad fenotípica y cultural del género humano, en constante devenir y transformación.

La imagen simbólica de lo humano

La imagen simbólica de lo humano es ahora, más que una insignia acabada, un proyecto existencial de lo que la humanidad aspira a convertirse; por ello, constituye el efecto de una voluntad colectiva de parecernos a la imagen que forjamos de nosotros mismos (esta imagen está hecha de conocimientos científicos, de viejos mitos religiosos y de enseñanzas humanísticas). Y la imagen que hoy predomina es la de una species technica(cf. G. Hottois 202); es decir, una especie que se construye y remodela a sí misma, en la medida precisamente en que transforma y reconfigura al resto de las especies y de los ecosistemas con los que convive.

Esta imagen autopoiética constituye el generador principal de representaciones estéticas del poder tecnocientífico de nuestra era. Lo que caracteriza nuestra conciencia antropológica actual es que somos una especie que busca su identidad tecnopoiética o que se afana en huir de ella, o al menos, en no quedar atrapada en ella. Somos una humanidad peregrina –homo viator‒ en busca del significado de su propio ser y de su destino, pero quizá ese afán de identidad sea una empresa irrealizable: nos hemos topado, una y otra vez, con una condición humana inestable, vulnerable y capaz de destruirse a sí misma, ya sea mediante la barbarie y el genocidio o mediante el ecocidio y la mala gestión de los recursos de la Tierra. Somos una especie natural emparentada con todas las demás, pero una especie que se ha hipertrofiado, que tiene voluntad de hybris; que sobrepasa conscientemente todos sus límites, que ha saltado por encima del continuum de la naturaleza y que ha desafiado sus contenciones y regulaciones ecosistémicas, cualidades que se manifiestan tanto en los logros más sublimes del pensamiento, del ingenio técnico o de la expresión artística, como en los actos más violentos y demenciales de los seres humanos contra sus semejantes y contra otros seres vivos.

Las mutaciones bioartifciales

La revolución biotecnológica de nuestro siglo se propone dominar el territorio de la “naturaleza natural” humana y de la biosfera entera, conservada hasta ahora en unidad biológica y diversidad cultural, para transmutarla de un modo radical e irreversible en una diversificación biológico-genética artificial y en una paradójica uniformidad cultural. Por ello, ha surgido una futurista “antropotécnica”[8] (que ya despunta en la cirugía plástica, terapia génica, selección de embriones por reproducción asistida, farmacogenómica, neurofarmacología, cirugías y tratamientos de cambio de sexo, y otras prácticas “para-médicas” con fines no sólo remediales sino eugenésicos), que representa desde ahora un verdadero desafío ético-filosófico, pero también estético-simbólico. Porque antes de que esos proyectos sean una realidad efectiva (con las sorpresas que seguramente depararán), han generado representaciones sociales perturbadoras y controversiales. Esas representaciones constituyen en general lo que yo denomino la estética de la biotecnociencia contemporánea, precedida por el bioarte (en autores como Eduardo Kac, Orlan o Stelarc[9]). Y en particular, la estética de las biotecnociencias contemporáneas está generando, tal como en la popular película Matrix¸ una matriz global de imágenes sociales del mundo feliz de la reconfiguración total de la naturaleza, y está redefiniendo los marcos cognitivos y axiológicos en los que actúan y viven las nuevas generaciones de seres humanos, que ya se sienten y se miran a sí mismos como mutantes transhumanos.

Así pues, en el mundo tecnológico contemporáneo, los humanos y los demás seres vivos se han convertido en materia prima de transformación. Sus cuerpos y sus condiciones ambientales de vida han sido transfigurados no sólo de manera material sino también simbólica, en formas de virtualizaciones y proyecciones estéticas. Los seres vivos, además de seguir siendo alimento, se han convertido, figurativa y realmente, en fuente de energía (biocombustibles), de nuevos biomateriales, conocimientos (“organismos modelo”), obras de arte in vivo, paradigmas y fuente de información para modelar y construir nuevos sistemas tecnológicos y (bio)artefactos. Esta es la gran transformación biotecnológica y bioinformática que podemos esperar en la era de la bioartificialidad, pues se caracteriza por la nueva y poderosa capacidad técnica de transmutar la materia viva, así como por introducir cambios sustanciales en las representaciones sociales y concepciones teóricas sobre la naturaleza, los seres vivos y nuestra propia naturaleza humana. Dichas transmutaciones son tanto efectivas y operativas como simbólicas y estéticas.

Nuestra especie se visualiza a sí misma tomando el mando de su propia evolución y asumiendo el poder para modificar a todas las demás especies; pero esta potestad, en sí misma tentadora y deslumbrante, podría conducirnos a una peligrosa ambivalencia si, al mismo tiempo, no nos hiciera capaces de comprendernos y de autocontenernos. Por eso, la estética tecnocientífica de la bioartificialidad requiere, ahora más que nunca, de una nueva ontología y de una consistente crítica ética, estética y política.

 

La autopóiesis tecnocientífica

 La idea autopoiética y carencial del ser humano se ha convertido en los últimos años en un proyecto tecnocientífico de automutación de la naturaleza humana. En esta proyección se avizora que la potencialidad tecnológica para modificar estructuralmente el cuerpo humano y para revolucionar la relación entre el individuo y su medio tendrá repercusiones radicales en la historia de nuestra especie. Esta confianza ­–un tanto utópica­– en la tecnociencia ha dado origen a un nuevo híbrido, paradójico y poderosamente simbólico, de la idea de lo humano, que se caracteriza por postular una transhumanidad y por refundar la imagen autopoiética en un movimiento milenarista de “transhumanismo”, que proclama el fin de las ambigüedades y defectos de nuestra condición biológica, sujeta hasta ahora a la evolución natural.[10] Dejaremos la era de la naturaleza humana, proclaman los transhumanistas como Nick Bostrom (2005)[11],  para arribar a la era de la producción o fabricación técnica de lo humano (rediseño biotecnológico de nuestra especie, para entrar plenamente en una nueva era de la evolución y la selección artificiales).

Estas proyecciones transhumanistas han suscitado ya en el imaginario social, tanto en los debates académicos como mediáticos, escenarios posibles que van de lo apocalíptico hasta lo más “integrado” al sistema tecnoeconómico actual, reforzando el miedo o la confianza un tanto irreflexiva sobre el futuro biotecnológico de la humanidad. Los más entusiastas proclaman  que el ser humano conquistará el poder de controlar y reconfigurar (o literalmente fabricar) su corporalidad y, en especial, su cerebro, con el fin de autorrediseñarse y autodesarrollarse para expandir a voluntad sus facultades metabólicas, intelectuales, estéticas, creativas y éticas, y alcanzar así un estado de pleno bienestar. Pero los transhumanistas siempre dejan de lado o minimizan la cuestión ético-política del incremento de la desigualdad social entre los “genenriquecidos”, como los denomina Matt Ridley (2004), y los miles de millones que permanecerán muy probablemente en “estado natural”. Por eso, estas proyecciones transhumanistas han ayudado a reavivar ‒sin quererlo‒ los problemas y dilemas de la justicia distributiva, la tolerancia y protección de los derechos humanos, temas políticos muy urgentes y candentes en el presente.

La remodelación biotecnológica de la naturaleza humana está gestando una “antropotécnica”, como la denomina Jérôme Goffette(2006). El conjunto de biotecnologías que la constituyen se desarrolla a la par de la transformación y reconfiguración de muchos otros seres vivos, plantas, animales y microorganismos. La antropotécnica es biotecnología en su máxima expresión. Por ello, se habla ya de un nuevo capital biológico o “biocapital” que dotará de un nuevo impulso al sistema del capitalismo global para reconvertir todo aquello que sea “natural” en bioartefacto o en producto-mercancía patentado y comercializado en el mercado global. Empresas de biotecnología de síntesis, como Celera Genomics[12], de Craig Venter, encabezan esta nueva cruzada que aspira a colonizar la tierra prometida (¿sagrada?) de la naturaleza biológica y la evolución natural de las especies para transformarlas radicalmente, mediante la reingeniería biotecnológica, en una naturaleza rediseñada y producida socialmente, en una Naturaleza 2.0 o NextNature[13] (o literal segunda Naturaleza).

El proyecto radical de la bioindustria

 Pero en donde se advierte con mayor fuerza y efecto transmutador de la naturaleza este nuevo proyecto tecnocientífico, es en la bioindustria de la producción alimenticia, que se ha desarrollado desde mediados del siglo XX. En este ámbito es ya una realidad la existencia de nuevas formas de relaciones entre nuestra especie, los demás seres vivos y los ambientes naturales. Los proyectos para producir industrialmente y a gran escala carne artificial, alimentos híbridos (animales-vegetales) o nutracéuticos para consumo masivo –que se han anunciado recientemente y que esperan poner en el mercado sus producciones en un plazo de unos diez años– constituyen ejemplos que así lo atestiguan.

Esta revolución biotecnológica en marcha se propone dominar el territorio de la “naturaleza natural” humana y de la biosfera entera, conservada hasta ahora en unidad biológica y diversidad cultural, para transmutarla de un modo sustantivo e irreversible en una diversificación biológico-genética artificial y en una paradójica uniformidad cultural. Por ello, esta futurista antropobiotécnica (que ya despunta en la cirugía plástica, terapia génica, selección de embriones por reproducción asistida, cirugías y tratamientos de cambio de sexo, y otras prácticas “para-médicas” con fines no sólo remediales sino eugenésicos) representa desde ahora un verdadero desafío ético-filosófico, pero también estético-simbólico. Porque antes de que esos proyectos y escenarios sean una realidad efectiva (con las sorpresas que seguramente depararán), han generado representaciones sociales y estéticas perturbadoras y controversiales. Esas representaciones constituyen en general lo que yo denomino la estética de la biotecnociencia contemporánea, precedida por el bioarte (en autores como Eduardo Kac, Orlan o Stelarc[14]). Y en particular, la estética de las biotecnociencias contemporáneas está generando, tal como en la popular película Matrix¸ una matriz global de imágenes sociales del mundo feliz de la reconfiguración total de la naturaleza, y está redefiniendo los marcos cognitivos y axiológicos en los que actúan y viven las nuevas generaciones de seres humanos, que ya se sienten y se miran a sí mismos como mutantes transhumanos.

Así pues, en el mundo tecnológico contemporáneo, los humanos y los demás seres vivos se han convertido en materia prima de transformación. Sus cuerpos y sus condiciones ambientales de vida han sido transfigurados no sólo de manera material sino también simbólica, en formas de virtualizaciones y proyecciones estéticas. Los seres vivos, además de seguir siendo alimento, se han convertido, figurativa y realmente, en fuente de energía (biocombustibles), de nuevos biomateriales, conocimientos (“organismos modelo”), obras de arte in vivo, paradigmas y fuente de información para modelar y construir nuevos sistemas tecnológicos y (bio)artefactos. A esta gran transformación biotecnológica y bioinformática podríamos llamarle la era de la bioartificialidad, pues se caracteriza por la nueva y poderosa capacidad técnica de transformar la materia viva, así como por introducir cambios sustanciales en las representaciones sociales y concepciones teóricas sobre la naturaleza, los seres vivos y nuestra propia naturaleza humana.

De vuelta al tema de la imagen identitaria de nuestra especie, por primera vez podemos preguntarnos, con cierta seriedad (aunque no sé si con serenidad), si la humanidad seguirá siendo lo que siempre ha sido: una especie natural producto de la evolución, pero sin que podamos resolver todavía el acertijo del significado de nuestro propio ser bio-cultural. Nuestra especie se visualiza a sí misma tomando el mando de su propia evolución y asumiendo el poder para modificar a todas las demás especies; pero esta potestad, en sí misma tentadora y deslumbrante, podría conducirnos a una peligrosa ambivalencia si, al mismo tiempo, no nos hiciera capaces de comprendernos y de autocontenernos. La estética tecnocientífica de la autopóiesis requiere, ahora más que nunca, de una nueva ontología y de una consistente crítica ética, estética y política.

Máxima velocidad: máximo peligro

En el silgo XX las innovaciones en los transportes y las comunicaciones produjeron una revolución tecnológica que transformó el ritmo de la mundanidad. Los cambios sociales debidos al uso masivo de los ferrocarriles, los automóviles y luego los aviones; el telégrafo y el teléfono; la radio, la televisión y luego la internet impulsaron la aceleración constante de la existencia humana. El mundo se hizo unitario y más pequeño, pero aún se mantenía la distancia geográfica y la diferencia de tiempo entre un sitio y otro de la Tierra. La relatividad de distancia y tiempo (las ciudades principales están interconectadas por las vías de transporte más rápidas, mientras las zonas rurales o urbanas marginales por las más lentas) marcó las nuevas coordenadas del espacio geográfico; pero para ir a otro lado del mundo había que recorrer distancias y gastar tiempo, aunque los transportes tendieran a reducirlas con mayor eficacia. No obstante, las telecomunicaciones han borrado la distancia y el tiempo geográficos, pero acrecentaron  las distancias geopolíticas y culturales. Con las tecnologías del transporte y la comunicación global se consolidó rápidamente la ideología del progreso, la idea de que la velocidad de los cambios y la aceleración misma de la existencia cotidiana implicaba el ascenso hacia una mejor condición de vida y más humanizada. La velocidad y la aceleración se convirtieron por antonomasia en el símbolo del progreso.

Las nuevas tecnologías de la información y las telecomunicaciones han proclamado el advenimiento de un nuevo mundo más unido, más justo, más confortable, en donde la gente estará mejor comunicada e informada y podrá sostener relaciones más armónicas y productivas con sus semejantes.[15] No obstante, a pesar de muchos de sus beneficios más evidentes, el nuevo paradigma tecnológico oculta el riesgo de un accidente mayúsculo de dimensiones nunca antes vistas en la historia, y ese es su límite infranqueable; quizá sea el último límite de la aventura moderna del progreso tecnológico.

La velocidad y la aceleración constantes del mundo tecnológico de los siglos XIX y principios del XX implicaban el riesgo como un factor que se podía calcular y se intentaba domesticar, porque los riesgos tecnológicos estaban localizados. Así, accidentes como el naufragio del Titanic o el descarrilamiento de un tren no eran más que fenómenos aislados en donde unos cuantos sujetos quedaban afectados. Ningún accidente involucraba a toda la humanidad. En cambio, un accidente en las actuales superautopistas de la información, en los laboratorios biotecnológicos, en los mercados financieros, en donde lo que viajan o se transportan no son unos cuantos pasajeros, sino información y materia viva en grandes volúmenes, sí que puede provocar un colapso de orden mundial; un accidente vial en estos sistemas y redes de máxima velocidad puede involucrar y afectar a toda la humanidad, ya sea por efecto real o virtual; en la misma magnitud estaría la ocurrencia de un accidente en la manipulación genética de organismos vivos, incluidos nosotros mismos, que fuese provocado por un error biotecnológico. El temor de nuevas pandemias de virus mutantes (contra los cuales no habrá vacunas efectivas) se mantiene como una posibilidad que amenaza a la frágil sociedad global informacional.

El desafío de la actual imagen autopoiética de la humanidad

Los seres humanos pueden perder la memoria y la conciencia sobre la forma en que se ha construido este nuevo mundo que preconizaron las info y las biotecnologías; en él, la necesidad natural ha sido sustituida por una nueva modalidad de necesidades artificiales. La humanidad ha emprendido desde sus orígenes la batalla por liberarse de la necesidad natural, pero ha pagado un precio muy alto por ello: debe ahora someterse y adaptarse a las condiciones del nuevo entorno tecnológico global que domina el mundo de la vida, que le es próximo por ser racional, pero ajeno por no ajustarse a las estructuras y condiciones históricas en que discurría anteriormente la existencia humana.

Sin embargo, el acelerado cambio tecnológico de principios del siglo XXI implica que nuestra especie debe hacerse, por primera vez, enteramente responsable de su destino. La humanidad se ha hecho relativamente autónoma frente a las determinaciones que impone la naturaleza; intenta resistir y ganar la batalla contra las limitaciones naturales del ciclo vital de la reproducción y la muerte, que por milenios han sido una constante para el desarrollo de la humanidad; intenta asimismo reconfigurar el espacio y trastocar el orden sucesivo del tiempo. El mundo tecnológico que nos envuelve como una red de posibilidades ya no se ciñe a la condición natural de lo humano, sino que puja por conducir a la humanidad hacia un punto de no retorno, más allá de su condición natural; es ésta la imagen más acabada del mundo de la virtualización total. Pero lo que resulte de este formidable esfuerzo tecnológico, en el que los sueños y las pesadillas de todos encuentren su realización, será enteramente responsabilidad de los agentes humanos, pues tendremos que decidir ante las opciones de transformación tecnológica del mundo de la vida. Decisiones para las que aún no estamos preparados pero ante las cuales deberemos asumir plena responsabilidad por el futuro incierto y ambiguo de nuestra especie. Nunca antes tuvimos tanto poder para superar nuestra condición natural, pero nunca antes estuvimos tan confundidos sobre el rumbo de nuestra existencia colectiva.

Ha surgido, pues, una insospechada dimensión de la responsabilidad humana ante el porvenir ambiguo de su existencia futura. Desde luego, no dispondremos de una idea definitiva e inmutable acerca de la naturaleza humana y del sentido de su historia evolutiva. Pero los efectos paradójicos de nuestros proyectos tecnocientíficos, que surgen de la imagen autopoiética de nuestra especie, deben movernos a la reflexión cuidadosa, la precaución y la prudencia colectivas, así como a la conciencia de nuestras profundas contradicciones.

Un presentimiento se cierne entre estas ideas, apenas expresadas en este ensayo al modo impresionista: es la sensación de experimentar un vacío ético ante los desafíos que enfrentará la humanidad en el nuevo mundo tecnológico que hemos creado. Es el vacío de no tener respuestas adecuadas, y menos las tendremos si no nos comprometemos con una reflexión serena, ni ingenuamente entusiasta ni catastrofista, sobre los fenómenos actuales que afectarán la estructura ontológica del mundo de la vida y, con ello, las condiciones en las que la humanidad se representó su propia existencia y su incierto destino en la Tierra.

Huelga decirlo: el espejo enterrado de la identidad sigue sin darnos respuestas.


[1] Dos referentes poderosos los encontramos en periodos históricos muy distintos, el Golem (inmortalizado en la novela homónima del Gustav Meyrink, 1915) y el engendro del Dr. Frankenstein en Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary Shelley (1818).

[2] La Prueba de Turing fue desarrollada por Alan Turing para corroborar la existencia de inteligencia en una máquina. Turing la propuso en 1950 en un artículo (Computing machinery and intelligence) para la revista Mind, y sigue siendo uno de los métodos más discutidos en inteligencia artificial. Consiste en la hipótesis de que, si una máquina se comporta en todos los aspectos con inteligencia y no con respuestas programadas, entonces debe ser considerada como inteligente. Extendiéndola a los posibles androides, si éstos se comportaran con inteligencia y emociones humanas, entonces tendríamos que concluir que pertenecen a una subclase de nuestra especie.

[3] El filme se basa en la novela de Philip K. Dick Do androis dream of electric sheeps? de 1968.

[4] Una bella replicante, Rachel, diseñada para ser una escort, ni siquiera está consciente de que ha reprobado el test de Turing (llamado en la novela original de Dick “prueba de empatía Voigt-Kampff” diseñada por el imaginario Instituto “Pavlov”); se cree humana gracias a que ha desarrollado sentimientos complejos como los de cualquier persona “natural” que recuerda su biografía, única y, en principio, intransferible.

[5] La novela de Philip K. Dick se ubica en una época posterior a una guerra nuclear que ha dejado un polvo radiactivo en la atmósfera y en la que han desaparecido muchas especies de animales. El protagonista sueña con poder comprar a plazos un animal natural (que son muy valorados por “exóticos”), ya que en casa tiene una oveja “eléctrica”.

[6] Sirva esta frase como un homenaje a Carlos Fuentes (1928-2012). Fuentes se refería en el libro de ese título a la ambigua identidad de los pueblos iberoamericanos en su relación con su pasado colonial. Traslado esta imagen al problema de la identidad de la especie humana en su totalidad.

[7] ¿Acaso hemos despertado ya del sueño del determinismo genético para darnos cuenta de que nuestra identidad no sólo está hecha de genes? Si es así, no tuvimos que esperar a que ningún filósofo nos despertara; parece más bien que la intuición que tenemos sobre la extrema complejidad de lo humano nos hace dudar de nueva cuenta sobre nuestro origen y nuestro destino.

[8] Vid. J. Goffette, Naissance de la anthropotechnie. De la médicine au modelage de l’humain, Vrin, París, 2006.

[9] Véanse obras y textos en: http://www.ekac.org/; http://stelarc.org

[10] Si bien, como se ha dicho, en las diversas ideas de lo humano está presente la apuesta por la trascendencia de su condición natural, se trata casi siempre, más que de una transformación material operada por la capacidad técnica, de una trascendencia “simbólica”, una transformación espiritual o de una sublimación de la conciencia humana para superar su finitud; por ejemplo, en la idea nietzscheana del Übermensch o del superhumano. El proyecto tecnocientífico transhumanista pone todas sus esperanzas en una trascendencia de carácter biotecnológico y bioartificial.

[11] Para leer más textos de Bostrom, ver sitio web: http://www.nickbostrom.com

[12] Véase su sitio web en https://www.celera.com

[13] Véase el fascinante proyecto estético-filosófico-social NextNature en su sitio web www.nextnature.net de (bio)artistas y pensadores principalmente holandeses, encabezados por Koert van Mensvoort; él mismo un híbrido de bioartista, científico y filósofo, muy al modo “neorenacentista”.

[14] Véanse obras y textos en: http://www.ekac.org/; http://stelarc.org

[15] Esta es la utopía light que proclaman los nuevos profetas como Mark Zuckerberg, inventor y principal accionista de Facebook. Declaró a la prensa cuando Facebook comenzó a cotizar en bolsa: “nuestra misión no es ser una empresa más en la Bolsa. Nuestra misión es hacer que el mundo sea más abierto y esté más conectado”. Reforma, p. 17, 19 de mayo de 2012.

PIG 05049

¿Cuántos productos salen de un solo cerdo?

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Los productos porcinos

Documento de la AMC sobre el uso de transgénicos

¡NUEVO!

 

Uso “responsable” de los OGM, AMC, (PDF)

Documento completo “Por un uso responsable de los organismos genéticamente modificados” del Comité de Biotecnología de la Academia Mexicana de Ciencias, lo analizaremos en las siguientes sesiones.

www.amc.unam.mx, ver sección “Libros en línea”.

 

 

Prezi del Seminario sobre tecnociencia 2012

AQUÍ ESTÁ EL PREZI SOBRE TECNOCIENCIA DEL SEMINARIO 2012, EN CAMBIO CONTINUO

http://prezi.com/x-9pj0oxm8hu/tecnociencia/?auth_key=d714e47e1e2bdb6208784f0fff05e505705fe8f6

 

Materiales Seminario Tecnociencia (Posgrado)

ATENCION. ALUMNOS DE POSGRADO

Las fotocopias del libro de J. Echeverría están disponibles en el fólder 758 (“Ética”) de la copiadora de la entrada de la FFyL, frente a la librería.

La selección de mi libro Ética y mundo tecnológico, la encuentran aquí en dos partes en la sección “Docencia”, “Posgrado”

El próximo miércoles 15 nos vemos a las 16:30 hrs.

Publicado con WordPress para BlackBerry.

Fragmento de Ética y mundo tecnológico

Fragmentos de mi libro Ética y mundo tecnológico_selecc1  para el posgrado:

El objetivo de la lectura de este texto es plantear y discutir el concepto de tecnociencia

Ética y mundo tecnológico_selecc2

 

“Towards a General Theory of the Artificial”: Massimo Negrotti

“Corazones de laboratorio”: Gonzalo Casino

Publicado en el Diario El País, el 16 de agosto de 2009

¿Conseguiremos hacer trasplantes de órganos sin donantes? ¿Podremos ‘fabricar’ corazones? La científica Doris Taylor ha sorprendido al mundo con su corazón de rata bioartificial.

Primero te ignoran, luego se ríen de ti, después te atacan; entonces has ganado”. Esta frase de Mahatma Gandhi la repite a menudo Doris Taylor, según un investigador próximo a esta bióloga que el año pasado sorprendió a todos al anunciar la creación de un corazón bioartificial de rata. Como su nombre indica, este órgano fabricado en el laboratorio es un híbrido mitad biológico, mitad artificial. Y lo más sorprendente es que este engendro latía como un corazón vivo.

Sigue leyendo el artículo en línea mediante el siguiente link: Corazones de laboratorio

 

“Adiós al hombre biónico”: Milagros Pérez Oliva

Publicado en el Diario El País, el 25 de agosto de 2008

En pocos años se están haciendo realidad quimeras que se consideraban irrealizables. Esta serie explora algunas de las investigaciones que cambiarán el futuro del mundo.

Todos lo tienen ya muy claro: este siglo que acaba de comenzar será sin duda el de las ciencias de la vida. La revolución de la biología nos va a dar por primera vez la posibilidad de crear nuevos seres en el laboratorio que trabajen para nosotros y hasta de rediseñar nuestro propio cuerpo. El que vamos a emprender ahora es un viaje por las fronteras de la ciencia, allá donde la ola del futuro rompe con el presente y la ciencia-ficción se convierte en realidad. Será también un viaje al interior de nuestro cuerpo y de nuestro cerebro. Vamos a ver cómo la ingeniería de tejidos prepara las herramientas para crear y reparar órganos, cómo los biólogos crean animales capaces de producir energía y medicamentos para nosotros y cómo los neurocientíficos no sólo son capaces de leer lo que ocurre en nuestro cerebro, sino de modificar nuestro pensamiento. Y vamos a hacerles preguntas de largo alcance: ¿cómo será nuestro cuerpo dentro de 200 años? ¿Es inevitable que envejezcamos? ¿Hasta cuánto podemos vivir?

Sigue leyendo el artículo en línea mediante el siguiente link: Adiós al hombre biónico

“Normas para el parque humano”: Peter Sloterdijk

Conferencia pronunciada en el Castillo de Elmau, Baviera, en julio de 1999, con motivo del Simposio Internacional “Jenseits des Seins / Exodus from Being / Philosophie nach Heidegger”, en el marco de los Simposios del Castillo de Elmau sobre “La filosofía en el final del siglo” (Philosophie am Ende des Jahrhunderts), que cuentan con la colaboración del Van Leer Institut y el Franz Rosenzweig Center de Jerusalem. El texto fue publicado en Die Zeit el 10 de septiembre de 1999. Traducción: para Revista Observaciones Filosóficas.
Accede a ella mediante el siguiente link: Reglas para el parque humano

“Ubiquitous Computing”: Mark Weiser

A few thousand years ago people of the Fertile Crescent invented the technology of capturing words on flat surfaces using abstract symbols: literacy. The technology of literacy when first invented, and for thousands of years afterwards, was expensive, tightly controlled, precious. Today it effortlessly, unobtrusively, surrounds us. Look around now: how many objects and surfaces do you see with words on them? Computers in the workplace can be as effortless, and ubiquitous, as that. Long-term the PC and workstation will wither because computing access will be everywhere: in the walls, on wrists, and in “scrap computers” (like scrap paper) lying about to be grabbed as needed. This is called “ubiquitous computing”, or “ubicomp”.

Sigue leyendo el texto en el siguiente link: Ubiquitous Computing

“From the Artificial to the Art: A Short Introduction to a Theory and Its Applications”: Massimo Negrotti

The author presents the idea that all human attempts to reproduce natural objects (“exemplars”) or their functions—that is, to build artificial objects or processes— unavoidably result in a transfiguration of the exemplars. After introducing the main concepts of a theory of the artificial, the author extends the theory to communication and the arts, both of which provide compelling examples of the generation of artificial objects or processes. The author conceives of art as a paradoxical communication process by which transfiguration does not represent a failure of the reproduction process but, rather, the true objective of the artist.

Descarga el texto completo: From the Artificial to the Art

“Biomímesis: respuesta a algunas objeciones”: Jorge Riechmann

“Naturoids (On the Nature of the Artificial)”: Massimo Negrotti