El eterno retorno de Rosa

 

La última vez que vimos a Rosa Mergenthaler, oriunda de Guaymas, Sonora, y de orígenes germánicos como bien lo indica su apellido, fue en el otoño de 1982. Rosa solía venir a la casa intempestiva e inesperadamente. Siempre buscaba a mi madre, pues acudía a ella para recibir ayuda –digamos– profesional.

Recuerdo su voz recia y firme, su enorme estatura y su dorada cabellera, sus profundos y atónitos ojos azules; era como una vikinga, una bestia rubia. Pero cordial, amable, sensible. Pasaba horas hablando con mi madre en su consultorio (que era, a su vez, mi recámara por las noches). De vez en cuando me acercaba a la puerta cerrada y pegaba la oreja. Sólo distinguía cuando Rosa decía en tono más enfático y con su acento norteño inconfundible: “¿A qué cree que se deba, doña Oralia?” Era su pregunta favorita. Ahora entiendo que esa constituía la única y tormentosa duda que no la dejaba en paz. En efecto, era una pregunta muy profunda, un cuestionamiento por las causas, los motivos, las razones de su desdicha.

Pero Rosa tenía preguntas más concretas, desde luego. Trataba de desenredar las oscuras relaciones entre los miembros de su familia, quería saber por qué “Rogelito” (su hermano menor) era tan ojete con ella, por qué su abuela (una mujer octogenaria que los había criado en Guaymas y luego en México) la odiaba; por qué la suerte no le sonreía, por qué Rogelito le había transado su lana, por qué la policía la perseguía; por qué la gente le rehuía, por qué, por qué, y más porqués. Y siempre la misma inquisición: “¿A qué cree que se deba, doña Oralia?” Rosa sólo pedía alguna respuesta convincente.

Por unos meses dejamos de verla. Luego supimos, por amigos de Rogelito (los inútiles novios de mis tontas hermanas), que, en un altercado doméstico, Rosa había matado a golpes a su abuela. Y que había huido. Nadie sabía dónde estaba. Creo recordar, atando varios cabos, que unos días antes se apareció en la casa, pero mi madre no estaba. La vimos más nerviosa y ansiosa que de costumbre; calzaba unos tenis blancos muy sucios y apenas amarrados con unas agujetas que estaban a punto de reventar. Quizá se pudo haber evitado la tragedia si hubiéramos comprendido que esa era la señal de que Rosa estaba al borde del colapso mental. Los hilitos de agujetas finalmente se vencieron y tal ruptura selló el aciago destino de Rosa.

Meses después, quizá años ―ahora mismo mis recuerdos son confusos― volvió a aparecerse a la puerta de la casa. Era de noche, hacía frío. Venía descalza. Fue lo primero que notamos. Estaba más sucia que nunca, quizá no se había bañado en semanas, apestaba; vestía una gabardina negra o ennegrecida, una falda casi en jirones, una blusa remendada, su enorme cuerpo (estaba mucho más gorda) se desbordaba de sus harapos por doquier. Pero lo que más nos sorprendió es que traía un niñito, quizá un bebé que comenzaba a caminar, pero completamente mudo, como catatónico (nadie de nosotros pudo después precisar su edad). Nos dijo que era su hijo. Pero el niñito era muy moreno, “prietito” (diríamos eufemísticamente), con los pelos hirsutos y los ojos desorbitados, más perdidos y vacíos que los de Rosa. Dudábamos que fuera suyo, quizá se lo había robado.

Rosa arrastraba una mirada melancólica, pero ya no con la ira contenida que era normal en ella; más bien se asomaba en sus ojos una fatigada tristeza. Esta vez comprendimos que Rosa había traspasado sus propios límites y que ya no regresaría del punto al que había arribado. Nos contó (mi madre no impidió que todos nos sentáramos a la mesa para escuchar el relato) una serie de historias y de aventuras: que la CIA la perseguía, que se había liado con un narco (en esa época no eran tan comunes), que habían procreado ese hijo, que él había sido asesinado por sus compinches, que ella se había enterado de muchos secretos de Estado y que por eso la perseguía el ejército, la CIA y la Interpol, que no sabía dónde esconderse, que temía por su vida, que lo único que ella deseaba es que su hijo creciera sano y fuerte, y que no fuera tan desdichado como ella había sido por culpa de su abuela desalmada y del cabrón de Rogelito (esto sí nos constaba); que nunca la habían querido, que mejor no hubiera nacido, que la vida es tan dura y extraña, y sin embargo hermosa, que siempre había algo sorprendente, algún olor, un sabor, un buen recuerdo que ella atesoraba (como la imagen borrosa de su madre que se desvanecía cada vez más aprisa), que la existencia era ligera y volátil, que hubiera deseado no haber matado a su chingada abuela, que ojalá el tiempo pudiera ir en reversa y remediaría así toda su historia hasta volver a nacer… que nada era seguro, que ya no sabía qué era verdad y qué cosas le habían hecho creer su abuela y Rogelito.

Esa noche se me hizo interminable. Rosa contó historia tras historia, unas más fantásticas y enloquecidas que otras. Muchos detalles simpáticos, porque tenía un gran sentido del humor, aunque involuntario. Lo cierto es que lo único que la mantenía conectada con el mundo era el niño; estaba en realidad preocupada por su futuro, quería que fuera sano, que creciera feliz, pero el niñito era como un muñeco inerte, exangüe, lánguido. Nos dijo que por eso le ponía todo el tiempo los audífonos con su música preferida, para animarlo, para “avivarlo”, que lo había hecho desde que estaba en su panza. Que el niño reconocía todas las rolas de los Rolling Stones, de Jimmy Hendrix, de Led Zeppelin y de Frank Zappa y que estaba segura de que el rock and roll lo protegía hasta ese momento del mal que sus enemigos querían causarle, que era una especie de escudo o de amuleto.

No pidió asilo en la casa, ni nunca le pidió nada a mi madre, ni siquiera dinero; aunque mi madre le dio algo, pero le insinuó que no podía quedarse con nosotros, que no cabíamos y no sé qué otro pretexto. Rosa no dijo nada. Simplemente se fue. Creo que no hubo despedidas, ni abrazos, aunque estábamos conmovidos y aterrados. Se fue en medio de la lluvia y el frío.

Al día siguiente nos enteramos por una vecina chismosa que Rosa había dormido debajo de la escalera del edificio, junto con su niño. Y que al ser vista había salido corriendo. Por supuesto, no tenía a dónde ir ni a quién acudir. Sentimos un vacío, una culpa sorda, yo al menos, pero me aliviaba un poco no ser mayor de edad para tener que asumir responsabilidades ni volver a preocuparme por lo sucedido. Nunca más supimos de ella.

A veces me descubro esperando a que regrese Rosa, imaginando que un buen día se aparecerá otra vez en la sala de mi casa, con nuevas y sorprendentes historias, relatos inverosímiles y fantásticos. Oigo que resuena en mi cabeza el “¿A qué cree que se deba, doña Oralia?” Cuando me doy cuenta, y me descubro a mí mismo esperando el eterno retorno de Rosa, me domina un escalofrío.

 

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On the Road

On the road

The only baggage you can bring
Is all that you can’t leave behind
[…]
Walk on, walk on
[…]

Leave it behind
You’ve got to leave it behind
All that you fashion
All that you make
All that you build
All that you break…
All this you can leave behind…

U2

Siempre he querido emprender un viaje quijotesco sin rumbo fijo para abandonar el mundo consabido y salir en busca del mundo desconocido; para “desfacer” entuertos, para luchar contra bachilleres disfrazados de malignos caballeros andantes, para conquistar así el amor de alguna de mis Dulcineas que se aferran a persistir en mi memoria.

Cuando mi primer matrimonio se fracturó, salí de casa sólo con lo puesto y unos cuantos libros, a bordo de mi amado Derby rojo, que era como mi Rocinante. Enfilé hacia la carretera a Cuernavaca y continué por el camino después de pasar la caseta de cobro, una vez que mi fiel compañero abrevó en la gasolinera. Estaba “on the road” una vez más. En el autoestéreo escuchaba “A rodar mi vida” de Fito Páez, y por primera vez volvía a sentirme libre, esperanzado, con mucha incertidumbre, pero con un peso menos y sin la angustia que a menudo me atosigaba en esos días. Y mi Derby aceleraba a todo galope en cada estrofa de Fito: “A rodar, a rodar mi vida. A rodar, rodar mi amor. Yo no sé a dónde va, yo no sé a dónde va, pero tampoco creo que sepas vos”… y de repente volaba hacia ningún lugar, descargándome de todo lo que me recordaba el dolor del tiempo pasado hecho añicos, de la familia desmembrada, de la niñez perdida.

Yo no sé de qué huía, pero me dolía; no sé a dónde iba, pero me atraía; al menos me esperanzaba que algún destino insospechado encontraría a la vuelta de la esquina. Salí desde el mediodía y conduje el auto durante toda la tarde; fatigué la carretera hasta que alcancé el mar del sur justo en el ocaso. Fue para mí como un despertar esplendoroso: el mar incendiado por el sol, las estrellas que se encendían de repente al abrir las nubes y oscurecerse el cielo. Me bajé del coche y me detuve a contemplar el ocaso en pleno malecón del Pacífico. Era mi ocaso, mi propio renacimiento, algo terminaba y algo nuevo comenzaba. Y una vez que el sol se sumergió por completo en el mar, decidí regresar. ¿A qué había ido hasta allí? No sabía ni qué buscar ni por dónde comenzar.

Es el Quijote quien me había guiado mostrándome cómo había que salir a reconstruir el mundo, tramo a tramo. Sí, el Caballero de la Triste Figura se había lanzado a una desaforada aventura de errancia sin fin. Pero era la locura lo único que lo impulsaba: el ansia de libertad, la excentricidad por excelencia. Comprendí que tal modo de vagar y de errar sólo culmina como termina el viaje del Quijote. La verdadera excentricidad es la del que se pela al otro mundo; primero se había extraviado en éste y después regresa sólo para abandonarlo. El Quijote termina su travesía con las ilusiones gastadas para rendirse ante la muerte, a pesar de las sentidas súplicas de su fiel escudero; y muere justo cuando recobra el juicio, es decir, cuando recupera la triste visión de un mundo desvalido y marchito. La obra maestra de Cervantes, modelo de todos los road movies de nuestra época, de todos los viajes de expiación y redención, me ha acompañado todos estos años en mi propio relato pseudoépico y, a veces, desternillantemente divertido. Yo sólo quisiera, como el célebre caballero andante, resolverme de una vez por todas a encarar el mundo, a recorrerlo de extremo a extremo para repararlo.

Así iba yo en aquellos días decembrinos de 1998 decidido a errar quijotescamente, a vagar on the road sin rumbo ni dirección, dejando atrás todo lo que había hecho y deshecho, todo lo que sólo me dolía y estremecía. Después imaginé que podría recorrer el país entero en mi Derby y mantenerme a la deriva durante mucho tiempo. Que bien podría alcanzar el Pacífico otra vez, y luego el Atlántico, la Sierra Madre del norte y luego la del sur. Quería viajar sin parar hasta Mazatlán y tomar un Ferry que desembarcara en la península bajacaliforniana, para ir en busca de mis viejos amigos de la Facultad, para recuperar algo de lo que añoraba tanto: buenos camaradas y tertulias etílicas interminables. Pero no sé por qué nunca emprendí ese viaje. Me conformé poco a poco con breves salidas por carretera y con subirme a los aviones de vez en cuando para hacer turismo. Aunque cada vez que vuelo o que salgo siquiera de mi pequeño entorno citadino me imagino que no regresaré más, que ese será el último viaje, mi último destino.

Pero siempre vuelvo al mismo sitio. Siempre retorno a esta monstruosa y melancólica ciudad de la desesperanza en donde nací y en donde casi me muero, a esta furibunda urbe, tan llena de vitalidad y de caos, que inevitablemente te atrapa, te asfixia pero no te mata. Y aquí sigo, aquí me mantengo esperando a que suceda algo extraordinario, quizá una nueva pasión que me impulse otra vez a vagar y errar como el Quijote; que me contagie el brío y la esperanza para reconstruir mi mundo, o simplemente para mantenerme una vez más on the road y por el resto de mis días. Y aquí seguiré, aquí estaré esperando a que vuelva a aparecer de súbito el amor y el delirio. Mientras tanto, velo mis armas cada noche, preparo mi maleta todos los días —por si acaso— y selecciono los pocos libros que me llevaré conmigo.

Y como dice Fito: “quiero dejar una suerte de señal… nadie tiene a nadie y yo te tengo aún dentro de mi alma, chao, hasta mañana…”

2008

Mecánica familiar

 

Nunca olvidaré el primer coche que conduje y que me acompañó fielmente en años de mi vida por demás cruciales. Era un Renault 12 de color azul cielo, modelo 1974, que mi familia compró hacia el final de los setentas cuando mi madre aprendió a manejar. También recordaré siempre que mi madre se empoderó y se reconstruyó a sí misma al tomar en sus manos el volante de ese cochecito. Rememoraré y celebraré que gracias al Renault, ella pudo dejar atrás su vida de ama de casa pseudoconvencional,  se decidió a regresar a la universidad, y se resolvió a independizarse y finalmente a separarse de su maltrecho marido. Tampoco dejaré de acordarme de que, al cumplir la mayoría de edad, yo heredaría ese coche de manera un poco fortuita y más bien desafortunada.

Sin embargo, nunca olvidaré todas esas aventuras y amores descarriados, frustraciones y ensoñaciones que experimenté en mi renolcito querido. Por eso ahora poseo un Clío, el sucesor de los renaultes clásicos: autos pequeños, finos y rendidores, modelos de tecnología popular sin ostentaciones ni complicaciones. Mi Clío mexicano, el último de la primera versión del Clío que se fabricó en el mundo, encarna la nostalgia por esa juventud eclipsada y por esas remotas hazañas de mecánica familiar.

Y mucho menos olvidaré que mi padre, antes de cederme el coche, en una de sus muchas fitzcarraldadas, quiso anillar los pistones del motor del Renault en un intento de extender su vida útil. Dicha empresa, como entenderán ahora, estaba desde el principio condenada al fracaso. Pero, como ya saben, me gustan más las historias de infortunios y desatinos, que las de logros y satisfacciones. Esta es una de mis favoritas, quizá la más ambigua historia de logro/fracaso, de victoria pírrica, de amarga satisfacción.

A mi padre le fascinaba la mecánica automotriz; conseguía todo tipo de libros y revistas de ese tema y pasaba horas tendido de panza estudiando diagramas de motores y chasises. Me explicaba con fruición cómo había evolucionado el motor de combustión interna: de dos tiempos a cuatro tiempos, de dos pistones a cuatro, seis u ocho; era un evolucionista de la tecnología avant la lettre, pues había leído historias de evolución de los motores en Du mode d’existence des objets techniques de Gilbert Simondon. Un libro que, por ello y por otras reflexiones profundas en filosofía de la tecnología, ha significado mucho para mí. Pero mi padre no era un vil teórico como yo, siempre fue un hombre de acción. Así que quería llevar a la práctica sus conocimientos y teorizaciones sobre la mecánica automotriz. No quiero decir que tuviera impulsos de inventor ni mucho menos. Simplemente le gustaba desarmar cuanto sistema técnico podía, estudiarlo, limpiarlo, engrasarlo y volver a instalarlo pieza por pieza. Así procedía con los carburadores, distribuidores, platinos, bujías, discos y balatas, fusibles y cables, tuercas y tornillos de todos los autos que tuvimos en mi familia. Y lo mismo hacía con licuadoras, refrigeradores, radios, televisores, relojes, teléfonos y cuanto artefacto cayera en sus meticulosas y pacientes manos. Por eso solía regañarme (con pesar y con algo de sorna) cuando se me caían las piececillas o me desesperaba y mandaba todo al carajo: “¡¿qué pasa?! ¿Tienes manos de mantequilla o ya te rendiste?”

Años después de que mi padre sobrevivió a sus múltiples operaciones quirúrgicas, cuando hubo recuperado la vitalidad para volver a concentrarse en sus obsesiones, se le metió en la cabeza que él mismo podía reparar el motor de nuestro viejo Renault 12 modelo 74, para dejarlo como nuevo. Corrían ya los años noventas. Además, siempre había tramado planes para ahorrarse dinero reparando él mismo las cosas o haciendo bricolaje por su propia cuenta y riesgo. Su ímpetu de “hágalo usted mismo” llegaba, literalmente, hasta la cocina. A veces, por ejemplo, preparaba unos guisos rarísimos y nos decía con orgullo (como si esto fuera una invitación irresistible para probar sus “creaciones” indigestas): “¿¡saben cuánto nos hubiera costado esto en un restaurante?!” Pero lo cierto es que nunca fue un buen cocinero; él poseía más bien una inteligencia mecánica nata  y no un talento gastronómico-artístico; pero era un mecánico reflexivo, introspectivo y obsesivo.

Pues bueno, también se convenció de que podía ahorrarse el gasto de la anillada y encamisada de los pistones del motor del Renault 12, pues conocía la teoría, gracias a una enciclopedia automotriz, compuesta de cientos de fascículos que había coleccionado durante años. Era una edición española (“Repárelo usted mismo, con Paco Alcorta” o algo así), que se concentraba en los coches Renault, tan apreciados en esa época en el Viejo Continente y también en México. Y se dio manos a la obra contando sólo con la ayuda virtual del tal Paco y de sus insuficientes herramientas. Huelga decir que sólo disponía de un ayudante: yo mismo, un perfecto inútil para la mecánica.

Así pues, nos embarcamos en esta descomunal aventura durante días y días de las vacaciones de verano, como Fitzcarraldo tratando de escenificar una ópera en medio de la selva amazónica. Desmontamos el motor en el garaje de su casa (que no era suya, por cierto, sino de la rara mujer con la que vivió los últimos años de su vida). Instaló unas poleas y manivelas en una torreta, retiramos cada uno de los tornillos que fijaban el motor al chasis y lo bajamos lentamente. Abrimos el tapón de vaciado del aceite y dejamos que se decantara. Una vez retirado el motor, como si fuera un corazón palpitante y sangrante de aceite por doquier, comenzamos a limpiarlo y a desarmarlo. Ahora veo la metáfora de la operación: mi padre se reparaba a sí mismo reparando al viejo renolcito; quería darle nueva vida y más vigor al menos por unos cuantos años adicionales, porque esa empresa significaba su propia reconstrucción.

Procedimos a quitar el radiador, luego el generador y el distribuidor eléctricos, siguiendo las indicaciones del tal Paco Alcorta (me divertía imaginarme su acento hispánico dándonos las tontas y reiterativas instrucciones de la enciclopedia). A continuación retiramos el carburador, la bobina y las bujías y todas las demás piezas de los subsistemas del motor; desmontamos la culata, aislamos el bloque para llegar a la cámara de combustión y poder sacar los pistones de sus camisas, retirar los anillos gastados; inspeccionamos y verificamos las bielas, el árbol de levas y el cigüeñal; después  separamos el cárter y recolectamos todo el aceite restante, removimos todas y cada una de las juntas. Para ese momento, ya teníamos una impresionante colección de piezas desarticuladas y regadas por todo el piso del garaje. 

Retiré cuanto tornillo había atornillado en el motor, tenía que anotar en un diagrama en dónde iban y ponerles un número para identificarlos posteriormente uno a uno. La lista crecía y crecía, y con ella mi angustia. Comenzaba a dudar de que pudiéramos rearmarlo y de que el coche volviera a funcionar. Finalmente llegamos al centro mismo del motor, como quien alcanza a develar el tesoro escondido: los pistones. Y arrancamos las juntas y quitamos los pernos que sujetaban los anillos. Limpiamos a conciencia los pistones y fijamos los anillos nuevos. Estábamos listos para reemprender el camino de retorno para volver a armar metódica y cuidadosamente cada pieza, cada resortito, cada tornillo, cada parte y subsistema del motor. Pero a medida que avanzábamos nos sobraban tantas piezas que teníamos que volver a desarmar y a rearmar, y seguían sobrando. Fue una pesadilla. Decidimos que no serían esenciales los tornillos que ya no sabíamos en dónde iban. Y procedimos a reinstalar el motor y a montarlo en el chasis en una maniobra complicada y farragosa. Lo que intuíamos, pero no sabíamos con certeza, es que se requería maquinaria especial para armar el motor y apretar todos los componentes con la fuerza necesaria para generar otra vez la presión suficiente en la cámara de combustión.

No obstante, se hizo el milagro terminada la larga faena, el coche encendió y el motorcito revivió mágicamente con un tono ligero, silencioso y limpio. Creo que nunca vi a mi padre tan feliz y realizado como en esa ocasión. Su rostro brillaba no sólo por la grasa automotriz que le cubría los pocos pelos de la parte frontal de la cabeza, las cejas pobladas y los gruesos anteojos negros de acetato. Sonreía como un niño que acababa de armar su primer Lego completo; orgulloso de su logro, satisfecho por la labor, cansado de tanto esfuerzo, incluso a riesgo de haberse reventado otra vez las tripas en el empeño. Habíamos realizado una gran proeza, para nosotros constituía una victoria del género masculino en su lucha por dominar las tecnologías mecánicas, una portentosa victoria del ingenio, digna de la alabanza de Sir Francis Bacon; pero también representaba un paso más en la conquista de la cohesión y la concordia familiar y, por supuesto, lo que más le importaba a mi padre: ¡nos habíamos ahorrado mucho dinero!

Pero poco después, al probar el coche, nos dimos cuenta del resultado que más temíamos. El renolcito no tenía vigor ni potencia. Los pistones se movían ligera y grácilmente, pero sin fuerza. El coche estaba desguanzado, deprimido, como si no tuviera ánimo ni aliciente. En esas condiciones, la nueva velocidad máxima del auto no eran para nada los 180 km/h del velocímetro, ni los 100 u 80 que normalmente alcanzaba. En recta y sin pendientes a favor no podía llegar a una velocidad mayor a los 51 km/h. Al darse cuenta de que era imposible volver a armarlo, mi padre se consoló diciendo que era el coche perfecto para un chamaco como yo, así nunca correría y estaría a salvo de muchos posibles accidentes.

El Renault se convirtió en una carga para mí, era como si tuviera que cuidar de un abuelito exhausto y agotado de tanto vivir; y encima de todo, dependía de él para moverme por la ciudad. Me armé de infinita paciencia. Nunca olvidaré cómo soporté y me acostumbré a esa marcha en cámara lenta de mi renolcito, esa parsimonia elegante propia de un cochecito francés de los setentas (el primer modelo se fabricó en Francia en 1969), esa melancolía que mi padre le había transmitido e impregnado, y que de pasada, me contagiaba a mí también y a cuanta gente se subía en él. Una vez, no me acuerdo qué chica, rompió en lágrimas al empatizar con el paso lento y fatigoso del legendario R12. Nos habíamos quedado al pie de una pendiente pronunciada en una noche de romance frustrado, y dije: “sí subes, renolcito”, “ánimo, tú puedes”. Y por supuesto no subió. Mi acompañante sólo atinó a exclamar: ¡tengo unas ganas horribles de llorar! Y lloramos juntos enternecidos, y nos abrazamos con sentida pasión por el fracaso-ocaso de mi agobiado cochecito.  Así que creo que el Renault me daba un cierto aire extravagante, un tanto melancólico y quizá atractivo para las chicas. Pero tampoco volví a tener mucho éxito al intentar explotar su penosa condición para mis fines libidinales. Él, en cambio, se mantuvo impasible y siguió funcionando, lenta pero eficazmente, hasta el día en que mi tío se lo llevó para venderlo en piezas, para trasplantar sus órganos vitales y transmitir el último impulso de vida que le quedaba. No quise saber en qué deshuesadero acabó; no lo acompañé en sus últimos días, no atestigüé sus estertores ni sentí su exhalación final, tal como sucedería con mi padre meses después, el día en que terminó sus días en el hospital militar.

Pero nunca olvidaré que, gracias al sacrificio de mi renolcito, mi padre pudo reconstruirse y rearmarse a sí mismo, y que ahí estuve ―a regañadientes, cierto― pero estuve junto a él en esa gloriosa y fallida empresa de reparación de la vida dañada, justo antes de que su muerte cerrara el último capítulo de nuestras historias entrañables de mecánica familiar.